En el mundo del pricing y Revenue Growth Management (RGM), la elasticidad se ha convertido en la estrella indiscutible. Cada día, en reuniones, informes y estrategias, se busca medir, analizar y predecir cómo reaccionarán los consumidores ante una variación en los precios. Sin embargo, un artículo de @Ana Salazar titulado «Opinión de pricing impopular: dejen tanta obsesión con calcular la elasticidad exacta. La elasticidad es una herramienta útil pero no suficiente» nos invita a reflexionar sobre este protagonismo desmedido. Desde su experiencia, la elasticidad, aunque valiosa, no es la varita mágica que predice con certeza la demanda, ni debe ser el único indicador en la toma de decisiones. Te invito a leer el completo aqui.
¿Qué es y qué no es la elasticidad?
La elasticidad precio de demanda mide cómo varía la cantidad vendida ante un cambio en el precio. Es una métrica que, a simple vista, parece sencilla: si la elasticidad en valor absoluto es menor a 1, los ingresos aumentan con una subida de precios; si es mayor a 1, mejor bajar precios para incrementar las ventas totales. Pero, como advierte Ana Salazar, esta fórmula simple no capta toda la complejidad del comportamiento del consumidor ni del mercado.
La realidad es que la elasticidad no funciona como una línea recta perfecta ni como una predicción exacta. Cambia en función de factores como la magnitud del cambio, la dirección (subida o bajada de precio), el plazo considerado, y el contexto competitivo en el que se encuentra la marca o el producto. Es decir, su valor varía y no siempre es predecible ni estable.
Por qué la obsesión puede ser contraproducente
El problema surge cuando los equipos de Pricing y RGM se vuelven dependientes de tener esa “medida perfecta” y dejan que la obsesión por el número exacto limite su visión estratégica. Como bien destaca Ana, la elasticidad debe entenderse como una guía, no como un oráculo insuperable. La tendencia a buscar el número definitivo puede llevar a decisiones equivocadas o a una parálisis cuando los datos no son concluyentes.
Esta obsesión también puede generar una falsa sensación de seguridad. Creer que con un solo número se puede determinar el impacto en ingresos o márgenes puede resultar en decisiones equivocadas. La elasticidad, en su esencia, es un indicador que ayuda a entender la sensibilidad del mercado, pero no reemplaza un análisis profundo sobre rangos de precios aceptados, capacidad de pago, modelos de monetización ni estrategias de comunicación de precios.
Un ejemplo práctico que ilustra las limitaciones
Ana presenta un ejemplo clásico: ante un aumento de costos, una empresa necesita proteger sus márgenes y tiene en su portafolio tres productos con diferentes elasticidades:
- Producto A: elasticidad de 0.3 (inelástico)
- Producto B: elasticidad de 1.0 (unitario)
- Producto C: elasticidad de 2.0 (elástico)
La lógica sería subir precios más en el Producto A, que es menos sensible a cambios, y apenas modificar el Producto C, que sería muy vulnerable a una subida. Pero, aquí está el truco: la elasticidad solo indica dónde hay mayor margen de maniobra, no cuánto hay que subir ni cómo comunicarlo para que sea aceptado por el mercado.
Aquí radica la clave: la elasticidad ayuda a reducir las opciones de acción, pero la decisión final debe considerar otros factores, como rangos de disposición a pagar y modelos de monetización que maximicen valor en lugar de solo seguir un número.
Limitaciones de usar la elasticidad como única referencia
Uno de los errores más comunes es confiar ciegamente en una estimación puntual de elasticidad. Sin embargo, su valor puede cambiar rápidamente y depende de variables múltiples que muchas veces no se reflejan en el análisis. Por ejemplo:
- En mercados muy competitivos, una pequeña variación de precio puede tener un impacto desproporcionado.
- En segmentos donde los consumidores son muy sensibles a la percepción de valor, la elasticidad puede variar según la comunicación y el contexto.
- La elasticidad en el corto plazo puede ser completamente diferente a la del largo plazo, donde los consumidores adquieren nuevos hábitos o alternativas.
Por ello, Ana Salazar recomienda interpretar la elasticidad más como una orientación que como una predicción. La magnitud del cambio en los precios y su comparación con otros elementos del contexto permiten tomar decisiones más informadas que simplemente seguir el número.
El camino hacia decisiones de pricing más acertadas
La clave está en entender que la elasticidad no debe ser el único faro que guíe las decisiones tarifarias. Aprender a combinarla con otras herramientas y conocimientos resulta en una estrategia de precios más robusta:
- Análisis del comportamiento del cliente: conocer su disposición a pagar, sus rangos aceptados y valores percibidos.
- Modelos de monetización: entender cómo se genera valor y cómo se puede captar más en cada segmento.
- Comunicación del precio: saber qué mensajes acompañan a los cambios para reducir resistencias.
- Contexto de mercado: tener en cuenta la competencia y las condiciones macroeconómicas.
Solo integrando todos estos elementos, las decisiones de precios serán más efectivas, sostenibles y alineadas con los objetivos del negocio.
Reflexión final: La elasticidad en su justa medida
El artículo de @Ana Salazar nos recuerda que, aunque la elasticidad es una herramienta poderosa y ampliamente utilizada, no debe dominar todas las decisiones en pricing. La obsesión por calcularla con precisión absoluta puede desviarnos de enfoques más holísticos y efectivos.
Ver también: El gran apagón de 2025: una llamada de atención para la resiliencia y la adaptación
Al final, la elasticidad debe entenderse como un mapa, no como un GPS infalible. Nos señala caminos, pero no dicta cada paso. Los mejores resultados en precios y márgenes se obtienen cuando combinamos esta herramienta con un análisis profundo, una estrategia clara y un entendimiento profundo del mercado y los clientes.


