Mi respuesta es siempre la misma: Marruecos.
La sorpresa se refleja en sus rostros. Esperan otra respuesta.
Desde 2017 he visitado más de 50 países, estudiando su retail, dando conferencias, reuniéndome con sus principales retailers y asesorándolos. He aprendido mucho y he compartido ese conocimiento. Pero si hay un lugar que siempre me deslumbra cada vez que lo visito, ese lugar es Marruecos.
Algunas tiendas y puestos en los mercados marroquíes son verdaderas obras de arte. En ningún otro rincón de nuestro mundo disruptivo, occidental y megaomnicanal, he visto tanto respeto por los productos que se venden.
El nivel de algunos puestos en los zocos marroquíes, tanto en cuanto a visualidad como estética, es impresionante. Los vendedores muestran un amor y dedicación excepcionales por lo que venden.
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En Marruecos, no existen los precios «caros» ni los «baratos»; solo existe el precio que uno acepta pagar. Es tu palabra y la suya. El regateo, el acuerdo mutuo. ¿Acaso no es esta una definición perfecta de «hiperpersonalización»?
Allí, sin duda, están los mejores vendedores del mundo. Es curioso cómo, en Occidente, nos molesta la insistencia de estos vendedores, cuando en realidad, la última palabra siempre la tenemos nosotros. En contraste, aceptamos ser bombardeados por notificaciones de aplicaciones como Temu, que nos inundan con ofertas irresistibles que, según nos dicen, cambiarán nuestra vida si las compramos. Aceptamos, además, ser observados y «reeducados» por miles de algoritmos lanzados por los retailers, quienes insisten en que somos el centro de todo, que somos su cliente. Creo que lo llaman «customer centric» y, como suena tan bien, nadie lo discute.
Pero en Marruecos, comprar es algo diferente. Es un proceso que implica observar, buscar, reflexionar, decidir. Es un viaje, con sus etapas, sus dudas, sus bellezas, sus emociones y, por supuesto, con un final. Y todo eso sucede en Marruecos.
