Salario mínimo y centros comerciales, un choque estructural, el incremento del salario mínimo en Colombia ha sido presentado como una respuesta necesaria a la pérdida de poder adquisitivo de los trabajadores, en un contexto marcado por inflación, encarecimiento del costo de vida y presión social. Según publica Mall & Retail. Sin embargo, más allá de la legitimidad del objetivo, la magnitud y velocidad del ajuste han generado impactos estructurales significativos en sectores intensivos en mano de obra. Entre ellos, el de los centros comerciales se encuentra hoy en una de las posiciones más sensibles.
Este sector, que combina operación inmobiliaria, gestión de servicios, seguridad, experiencia del cliente y soporte al comercio formal, enfrenta una realidad ineludible: cerca del 40% de su presupuesto operativo anual está directamente relacionado con costos de personal. Cualquier variación abrupta en este rubro no solo afecta los resultados financieros, sino que obliga a replantear modelos operativos completos.
El aumento del salario mínimo no actúa de forma aislada. Es un detonante que reconfigura estructuras de costos, decisiones de inversión, relaciones con proveedores y, en última instancia, la experiencia que reciben los visitantes y comerciantes.
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Los centros comerciales como ecosistemas intensivos en trabajo
A diferencia de otros activos inmobiliarios, los centros comerciales no son espacios pasivos. Funcionan como ecosistemas complejos que requieren operación permanente y altamente coordinada. Seguridad privada, servicios de aseo, mantenimiento técnico, operación de parqueaderos, administración, mercadeo, atención al cliente y gestión de eventos conforman una red de actividades que dependen, en gran medida, del trabajo humano.
El incremento del salario mínimo impacta directamente el costo base de la nómina, pero su verdadero efecto se amplifica cuando se consideran las cargas prestacionales, aportes parafiscales, horas extras, recargos nocturnos, dominicales y festivos. En conjunto, estos elementos elevan el costo real por trabajador muy por encima del aumento nominal anunciado.
Para muchos centros comerciales, especialmente los de tamaño medio o ubicados en mercados intermedios, este ajuste se produjo sin un periodo de transición que permitiera planear, renegociar contratos o rediseñar procesos. El resultado ha sido una presión inmediata sobre los flujos de caja y una reducción sensible de los márgenes operativos.
La presión sobre los costos y el estrechamiento del margen
En términos financieros, el impacto del aumento salarial ha sido doble. Por un lado, incrementa los gastos operativos fijos, reduciendo la flexibilidad presupuestal. Por otro, limita la capacidad de absorber otros incrementos asociados a inflación, como energía, servicios públicos, insumos de mantenimiento y costos logísticos.
En un entorno donde los ingresos de los centros comerciales no crecen al mismo ritmo que los costos, la ecuación se vuelve crítica. Los cánones de arrendamiento no siempre pueden ajustarse de forma proporcional, especialmente en un contexto donde muchos comerciantes aún enfrentan un consumo moderado y una alta sensibilidad al precio.
Esta desalineación entre ingresos y costos obliga a los operadores a tomar decisiones difíciles, priorizando la supervivencia financiera por encima de iniciativas de crecimiento o mejora de experiencia.
El retorno a una lógica de eficiencia tipo pandemia
Ante este escenario, muchas juntas directivas y equipos gerenciales han tenido que recurrir a estrategias que recuerdan las implementadas durante la pandemia del COVID-19. La palabra clave vuelve a ser eficiencia, pero ya no como una ventaja competitiva, sino como una necesidad defensiva.
Entre las principales medidas adoptadas se encuentran la revisión exhaustiva de contratos de servicios tercerizados, buscando optimizar costos sin comprometer niveles mínimos de operación. También se han reestructurado turnos y esquemas laborales, ajustando dotaciones a franjas horarias de mayor tráfico y reduciendo personal en momentos de baja demanda.
La incorporación de tecnología ha cobrado un nuevo impulso. Sistemas de control remoto, automatización de procesos, digitalización de reportes, cámaras inteligentes y herramientas de gestión operativa se convierten en aliados para reducir la dependencia de mano de obra directa. Sin embargo, estas soluciones requieren inversión inicial, lo que genera una tensión adicional en presupuestos ya ajustados.
Postergación de inversiones y renegociación con proveedores
Otra consecuencia directa ha sido la repriorización del gasto. Inversiones en remodelaciones, mejoras estéticas, proyectos de experiencia o ampliaciones han sido postergadas o redimensionadas. El foco se ha desplazado hacia lo estrictamente necesario para garantizar la operación, la seguridad y el cumplimiento normativo.
Paralelamente, se han intensificado las renegociaciones con proveedores y aliados estratégicos. Contratos de largo plazo han sido revisados, esquemas de pago ajustados y condiciones replanteadas para aliviar la presión financiera. Este proceso, aunque necesario, no está exento de fricciones y puede afectar la calidad del servicio si no se gestiona con una visión de largo plazo.
Riesgos operativos y reputacionales
La eficiencia forzada tiene límites. Reducir costos de manera acelerada sin un análisis técnico riguroso puede derivar en riesgos operativos significativos. Menor personal de seguridad o aseo, por ejemplo, impacta directamente la percepción de seguridad y limpieza, dos atributos críticos para la decisión de visita.
Asimismo, ajustes visibles en servicios pueden afectar la relación con comerciantes y visitantes, generando un deterioro reputacional difícil de revertir. En un sector donde la experiencia es un activo central, cualquier deterioro sostenido puede traducirse en menor tráfico, menor conversión y, en última instancia, menor ingreso.
Por ello, el desafío no es solo reducir costos, sino hacerlo de manera inteligente, preservando los elementos que sostienen la propuesta de valor del activo.
Un reto estructural para la sostenibilidad del modelo
El impacto del aumento del salario mínimo trasciende el corto plazo. El verdadero reto está en la sostenibilidad del modelo de negocio de los centros comerciales en un entorno donde los costos laborales crecen más rápido que la productividad y el consumo.
Un incremento salarial que no esté acompañado por mejoras en eficiencia, crecimiento económico o aumento del gasto del consumidor puede erosionar la competitividad del sector. Además, limita la capacidad de generar nuevo empleo formal, ya que cada nueva contratación implica un costo significativamente mayor.
En este contexto, la inversión en experiencia, innovación y modernización de activos se vuelve más difícil, justo cuando el consumidor es más exigente y selectivo en sus decisiones de visita.
El rol económico y social de los centros comerciales
Los centros comerciales cumplen un papel clave en la economía urbana. Son generadores de empleo directo e indirecto, dinamizan el comercio formal, aportan a la seguridad de las zonas donde operan y funcionan como espacios de encuentro social.
Un debilitamiento estructural del sector no solo afecta a los operadores, sino a comerciantes, trabajadores, proveedores y comunidades enteras. Por ello, cualquier análisis sobre el salario mínimo debería considerar estos efectos sistémicos y no limitarse a una lectura aislada del ingreso individual.
Más allá del debate político: una discusión técnica
El debate sobre el salario mínimo en Colombia suele estar cargado de componentes políticos y emocionales. Sin embargo, para sectores como el de los centros comerciales, la discusión debe abordarse desde una perspectiva técnica, basada en datos, productividad y sostenibilidad.
No se trata de cuestionar la necesidad de mejorar las condiciones de los trabajadores, sino de analizar cómo hacerlo sin generar efectos contraproducentes que terminen afectando el empleo formal y la viabilidad de sectores completos.
Resiliencia probada, pero no infinita
La experiencia de la pandemia demostró que los centros comerciales son resilientes. Supieron adaptarse, ajustar operaciones y reinventar su relación con el consumidor en uno de los momentos más críticos de su historia. Sin embargo, la resiliencia no puede convertirse en un estado permanente de ajuste defensivo.
Operar continuamente bajo presión, con márgenes estrechos y decisiones de corto plazo, limita la capacidad de planear, innovar y crecer. El sector necesita estabilidad, previsibilidad y un entorno que permita equilibrar responsabilidad social con viabilidad financiera.
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Hacia un equilibrio sostenible
El camino hacia adelante exige diálogo entre el sector privado, el Estado y los actores sociales. Se requieren políticas que promuevan el crecimiento económico, el aumento de la productividad y la formalización del empleo, más allá de incrementos nominales que no siempre se sostienen en el tiempo.
Para los centros comerciales, el reto inmediato ha sido sobrevivir mediante eficiencia extrema. El desafío estructural será reconstruir una senda de crecimiento sostenible que permita seguir cumpliendo su rol económico y social sin sacrificar su viabilidad.


