La fascinante historia oculta de los terrenos que forjaron los centros comerciales emblema de Colombia, hoy, al recorrer las principales ciudades de Colombia, es imposible no toparse con los llamados «templos del comercio»: imponentes estructuras de ladrillo y cemento que se han erigido como íconos del urbanismo moderno. Más allá de su función principal como destinos de compra, estos complejos se han transformado en verdaderos centros urbanos, espacios vibrantes donde las personas interactúan, socializan, se recrean y pasan una parte significativa de su tiempo libre. Son puntos de encuentro, de esparcimiento y, en muchos casos, nodos de la vida cotidiana de millones de colombianos. Sin embargo, ¿alguna vez nos hemos preguntado qué existía en esos predios antes de que estas gigantescas moles comerciales se levantaran? ¿Qué historias, qué usos, qué paisajes urbanos y rurales precedieron a estas modernas catedrales del consumo?
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Mall & Retail se ha sumergido en una fascinante reseña histórica, desenterrando los orígenes y las transformaciones de los terrenos donde hoy se asientan algunos de los centros comerciales más emblemáticos de Colombia. Esta investigación revela no solo el ingenio y la visión de los desarrolladores inmobiliarios, sino también la dinámica evolución de las ciudades, el paso de la tradición rural a la modernidad urbana, y la capacidad de reinvención de espacios que, a lo largo de décadas, han sido testigos silenciosos de la historia del país. Acompáñanos en este viaje a través del tiempo para descubrir la vida anterior de Unicentro Bogotá, el Centro Comercial Andino, el Centro Comercial San Diego y el Centro Comercial Chipichape.
I. Unicentro Bogotá: Del Latifundio Colonial al Primer «Mall» del País
La historia de los terrenos donde hoy se erige Unicentro Bogotá, el icónico proyecto de Pedro Gómez que transformó la zona comprendida entre la Carrera 15 y las Calles 123 y 127, es un testimonio de la evolución urbana de la capital colombiana. Antes de su concepción como el primer gran mall del país, este vasto predio tuvo una existencia multifacética que se puede dividir en tres grandes etapas.
Durante la Colonia y buena parte del siglo XIX, la zona formaba parte de los grandes latifundios de la Sabana de Bogotá. Nombres como las haciendas Santa Bárbara, Santa Ana y El Cedro evocan una época donde la producción agrícola y ganadera era el motor económico de la región. El casco de estas haciendas, junto con sus extensos potreros, eran los principales abastecedores de cereales, ganado y leña para la creciente capital. Estos «feudos» ocupaban una vasta franja que se extendía desde la actual Avenida Séptima hasta el Country Club, delimitando el avance urbano de la época.
Con el paso de los años y el incesante crecimiento de Bogotá, estas grandes extensiones comenzaron a subdividirse en quintas y barrios más pequeños. Sin embargo, incluso hacia 1900, la zona donde hoy se encuentra Unicentro conservaba un carácter esencialmente rural. Era una «franja contigua al Country Club» que aún mantenía sus paisajes de campo, a pesar de la expansión gradual de la ciudad.
Los terrenos específicos de Unicentro formaban parte de una gran reserva de tierras que José María “Pepe” Sierra, una figura prominente de la época, había adquirido a finales del siglo XIX. La herencia de estas tierras llegó hasta su nieta, Gloria González de Esguerra, quien hacia 1970 aún conservaba una finca de unas treinta hectáreas. En un giro que hoy parece casi anacrónico, esta finca seguía dedicada al cultivo de cebada y al ordeño de vacas, en lo que era entonces un oasis rural en medio de una ciudad en plena ebullición.
Fue en 1973 cuando el visionario constructor Pedro Gómez Barrero identificó este lote como una oportunidad única. Era el único predio lo suficientemente grande y estratégicamente bien ubicado para hacer realidad su audaz idea de construir un centro comercial al estilo de los malls estadounidenses. Tras varios encuentros facilitados por amigos comunes y la notable reputación filantrópica de González de Esguerra –quien justo acababa de realizar una importante donación de tierras para la construcción de la Clínica Santa Fe–, la propietaria aceptó la venta del predio completo, que abarcaba unas impresionantes 34 hectáreas.
El acuerdo fue un desafío para Gómez, ya que exigía una cuota inicial de cinco millones de pesos de 1974, una suma descomunal para un emprendedor que, en ese momento, no disponía de tal capital. Fue entonces cuando recurrió a un excompañero universitario, Jaime Michelsen, quien en ese momento era presidente del Banco Grancolombiano. Michelsen, confiando en la visión de Gómez, le concedió el crédito «solo contra la firma», convirtiéndose así en el principal financiador de lo que sería una obra trascendental.
Pedro Gómez, con una mente maestra en desarrollo urbano, reservó 12 hectáreas para el centro comercial y destinó las 22 hectáreas restantes al desarrollo residencial. Esta estrategia permitió la construcción de los reconocidos barrios de Multicentro, La Carolina y Santa Bárbara, creando así una sinergia perfecta entre el comercio y la vivienda.
El proyecto de Unicentro, edificado sobre 122.000 m², no solo transformó radicalmente el norte de Bogotá, sino que marcó el inicio de una nueva era para la industria de centros comerciales en Colombia. Su inauguración en 1976, cuatro años después de la apertura del pionero Centro Comercial San Diego en Medellín, consolidó el concepto del mall en el país y sentó las bases para el desarrollo de un sector que hoy es vital para la economía y la vida urbana colombiana.
II. Centro Comercial Andino: De las Aulas Alemanas al Epicentro del Lujo Bogotano
La zona hoy conocida como El Retiro en Bogotá, donde se asienta el prestigioso Centro Comercial Andino, también tiene una historia sorprendente, que se remonta a las antiguas haciendas sabaneras que se fueron fraccionando con la expansión de la capital hacia el norte a principios del siglo XX. En 1941, la prensa ya anunciaba el surgimiento del «barrio El Retiro», concebido como un enclave residencial para familias acomodadas que buscaban la tranquilidad y el aire puro fuera del casco urbano original de Bogotá.
El predio específico de Andino fue adquirido en 1938 por un grupo de inmigrantes alemanes que, previendo las tensiones que preludiaban la Segunda Guerra Mundial, buscaban establecer una sede definitiva para el Deutsche Schule in Bogotá. Este colegio, que ya funcionaba desde 1922 en casas arrendadas, necesitaba un campus propio. Sin embargo, el estallido del conflicto mundial y la política de expropiación temporal de bienes extranjeros por parte del gobierno colombiano durante la guerra detuvieron el proyecto. No fue sino hasta 1948 que el Estado devolvió el lote, permitiendo que la visión del colegio se reactivara.
El 8 de febrero de 1952 marcó un hito con la inauguración del nuevo campus: pabellones modernos de dos y cuatro pisos, amplias canchas deportivas y extensas zonas verdes que pronto albergaron a más de 600 estudiantes. Para disipar cualquier suspicacia política en el contexto de la posguerra, el colegio adoptó un nombre bilingüe que resonaría con el futuro del predio: Colegio Andino – Deutsche Schule. Esta denominación, con el tiempo, daría identidad al icónico centro comercial.
Tres décadas después de su inauguración, la matrícula del colegio se había triplicado, y el predio de 27.115 varas cuadradas (aproximadamente 18.000 m²) resultó insuficiente para las crecientes necesidades educativas. En 1975, el colegio adquirió 10 hectáreas en la Carrera 51 con Calle 218 para su expansión. Para financiar este ambicioso traslado, entre 1980 y 1982, los directivos del Colegio Andino decidieron vender su histórica sede en El Retiro.
El comprador final, tras varios intentos fallidos de negociación con los directivos alemanes, fue nuevamente el constructor Pedro Gómez. A través de una sociedad inmobiliaria, Gómez adquirió el estratégico lote. Durante esa década de los ochenta, el terreno permaneció sin edificaciones permanentes, siendo usado ocasionalmente como parqueadero o campo abierto, hasta que el desarrollador obtuvo las licencias para un proyecto comercial que sería pionero y definiría el concepto de lujo en el retail bogotano.
Las obras de construcción de Andino comenzaron en 1991. Fue un proyecto de ingeniería colosal: se hincaron 577 pilotes de 42 metros de profundidad, se vertieron 43.000 m³ de concreto y se emplearon 1.8 millones de ladrillos. Finalmente, el 9 de septiembre de 1993, el entonces presidente César Gaviria inauguró el Centro Comercial Andino. Concebido como un enclave de marcas de lujo y el núcleo de la naciente y exclusiva «Zona T» de Bogotá, Andino se convirtió rápidamente en un referente de estilo y sofisticación. Para honrar la memoria y la historia del antiguo colegio, el complejo adoptó su nombre, un gesto que conecta el pasado educativo del predio con su presente comercial de prestigio.
III. Centro Comercial San Diego (Medellín): Del Tejar de Arcilla al Primer «Mall» Antioqueño
En la vibrante ciudad de Medellín, el predio que hoy ocupa el Centro Comercial San Diego, estratégicamente ubicado entre la Avenida Las Palmas y la glorieta de San Diego, tiene una historia industrial y de barrio que precede a su vocación comercial. Antes de la construcción del centro comercial en 1972, el terreno tuvo dos usos documentados que revelan su evolución.
A comienzos del siglo XX, la ladera occidental del cerro La Asomadera conservaba un carácter periférico y rural. Era un paisaje de potreros y pequeños huertos que abastecían de productos frescos a la creciente ciudad. Pero, lo más relevante, es que esta zona contenía un filón de arcillas plásticas de alta calidad, un recurso muy apetecido por la naciente industria de ladrillo y teja que impulsaba la construcción en Medellín.
Hacia la década de 1920, un tejar de tecnología artesanal se instaló en el predio. Este lugar era conocido por los vecinos como el Tejar de La Asomadera o, simplemente, el Tejar de San Diego, en alusión a su propietario, don Diego, de quien el barrio tomaría su nombre. El tejar funcionaba con hornos de tiro vertical, una tecnología rudimentaria pero efectiva para la producción de materiales de construcción. La elevada chimenea que hoy, restaurada y protegida, preside la plazoleta norte del centro comercial, es el vestigio más palpable de esta etapa industrial, siendo la antigua torre de tiro del horno principal.
Ya entrados los años sesenta, la explotación de la arcilla resultó antieconómica, y la presión urbanística empujó el crecimiento de Medellín hacia el oriente. El tejar cerró sus operaciones, y los hornos quedaron abandonados, convirtiéndose en una reliquia industrial en un paisaje en transformación.
A pesar de su estado baldío, el lote conservaba una característica invaluable: sus excelentes accesos viales, gracias a la Avenida El Poblado y la recién construida variante Las Palmas. Esta ubicación estratégica llamó la atención de un grupo de empresarios visionarios: Rodrigo Mora Montoya, Sergio Londoño Uribe y Rodrigo Restrepo, quienes lo adquirieron en 1968. Conscientes del potencial del predio, encargaron a la firma Jaramillo & Zuleta el diseño de un complejo comercial al aire libre. Un requisito fundamental del proyecto era la conservación de la icónica chimenea, como un testimonio vivo de la etapa industrial del lugar.
Las obras de construcción comenzaron en 1970, y finalmente, el 3 de noviembre de 1972, Sandiego abrió sus puertas con 84 locales. Con esta inauguración, no solo se convirtió en el primer «mall» de Medellín, sino que, según la mayoría de los cronistas y estudiosos del retail en Colombia, fue también el primer centro comercial en funcionamiento de todo el país. Desde entonces, la chimenea, hoy un elemento central y protegido del complejo, es un constante recordatorio para el visitante de que bajo los modernos jardines y vitrinas, alguna vez funcionó uno de los principales hornos tejeros que abastecieron de ladrillo y teja la expansión de la ciudad de Medellín durante buena parte del siglo XX. Es un símbolo de la historia industrial que dio paso a la modernidad comercial.
IV. Centro Comercial Chipichape (Cali): Del Ruido de las Máquinas al Legado Industrial Convertido en Lujo Comercial
En Cali, la capital del Valle del Cauca, el predio que hoy alberga el imponente Centro Comercial Chipichape, ubicado en la Calle 38 Norte con Avenida 6ª, al pie de la Cordillera Occidental, tiene una historia profundamente ligada a la industria ferroviaria. Antes de su transformación en un moderno centro comercial, esta zona fue primero una franja rural perteneciente a la antigua hacienda La Flora. A principios del siglo XX, estos potreros aún se dedicaban a la producción de caña de azúcar y pastos, reflejando el carácter agrícola predominante de la región.
El giro decisivo en la historia del predio ocurrió en 1930, cuando el prominente industrial Jorge Garcés Borrero segregó 17 hectáreas del terreno y las donó al Estado. Su propósito era ambicioso y fundamental para el desarrollo de la región: construir allí los talleres principales del Ferrocarril del Pacífico, la vital línea férrea que conectaba el puerto de Buenaventura con el interior del país.
Entre 1931 y 1934, se edificó el monumental complejo ferroviario. Incluía un gran galpón metálico con ocho fosos de reparación, una casa redonda diseñada para girar locomotoras, enormes depósitos de carbón y una torre de agua que, asombrosamente, aún se conserva hoy como un vestigio del pasado industrial. El lugar fue bautizado con un nombre evocador: Chipichape. Según recuerdan los propios obreros de la época, este nombre era una onomatopeya, una imitación fonética del sonido rítmico de los martillos golpeando la chapa de las locomotoras mientras eran reparadas y mantenidas.
Durante sus años de apogeo, entre las décadas de 1940 y 1960, el taller de Chipichape fue el corazón técnico del Ferrocarril del Pacífico. Llegó a emplear a más de 600 operarios y fue el centro neurálgico donde se realizaban tareas especializadas como el ensamblaje de calderas, el ajuste de los complejos frenos Westinghouse, el torneado de ruedas gigantes y el almacenamiento de repuestos importados, esenciales para el funcionamiento de la red ferroviaria.
Sin embargo, la expansión de la red vial en Colombia y la creciente crisis financiera que afectó a los Ferrocarriles Nacionales precipitaron el declive de Chipichape. A finales de los años setenta, la llegada de las locomotoras diésel marcó el fin de la era de las máquinas de vapor, y gran parte del personal del taller fue liquidado. Finalmente, en febrero de 1995, la última cuadrilla de operarios abandonó Chipichape, dejando tras de sí bodegas vacías, rieles herrumbrosos y un vasto terreno estratégicamente ubicado en el norte de la ciudad de Cali, listo para una nueva vida.
Fue entonces cuando un consorcio local adquirió los galpones. En un brillante ejemplo de reconversión patrimonial, decidieron conservar la estructura industrial de acero remachado de los antiguos talleres y transformarla en un moderno centro comercial. El resultado fue un complejo de cuatro niveles y 510 locales comerciales. El 17 de noviembre de 1995, el Centro Comercial Chipichape abrió sus puertas. Fue un pionero en Cali al demostrar cómo la historia industrial y la arquitectura patrimonial podían integrarse en un espacio comercial contemporáneo. Las antiguas vías férreas se convirtieron en alamedas interiores, la torre de agua se integró armoniosamente a la fachada, y los robustos muros de ladrillo clinker pasaron a albergar cines, restaurantes y un hotel, creando una experiencia única que rinde homenaje a su legado ferroviario mientras abraza el dinamismo del comercio moderno.
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V. La Memoria del Suelo: Lecciones de la Evolución Urbana de Colombia
La historia de estos emblemáticos centros comerciales colombianos Unicentro, Andino, San Diego y Chipichape es mucho más que la crónica de grandes proyectos de construcción. Es un testimonio vívido de la evolución urbana del país, de la transformación de sus paisajes y de la visión de sus empresarios. Estos predios, que alguna vez fueron haciendas coloniales, fincas lecheras, tejares industriales o talleres ferroviarios, se han reinventado para satisfacer las demandas cambiantes de una sociedad en constante crecimiento.
Estas narrativas no solo nos conectan con el pasado, sino que también nos ofrecen valiosas lecciones sobre la planificación urbana, la conservación del patrimonio y la adaptabilidad del retail. Cada ladrillo y cada vitrina en estos centros comerciales resguardan la memoria de lo que fueron esos suelos, de las vidas que los transitaron y de las actividades que en ellos se desarrollaron. Son recordatorios de que las ciudades son organismos vivos, en constante mutación, donde el futuro se construye sobre los cimientos del pasado.
La capacidad de los desarrolladores para identificar el potencial en terrenos aparentemente subutilizados, para negociar y para visualizar usos completamente nuevos, ha sido fundamental para la configuración del paisaje urbano moderno. Asimismo, la integración de elementos históricos, como la chimenea de San Diego o la estructura ferroviaria de Chipichape, en los diseños modernos, habla de un creciente valor por la identidad y la memoria de los lugares.
Estos «templos del comercio» son ahora más que simples destinos de compra; son puntos neurálgicos de la vida social y cultural, reflejo de una sociedad que busca en ellos no solo productos, sino también experiencias, ocio y comunidad. Su génesis, en terrenos con historias tan diversas y ricas, es un fascinante capítulo en la crónica de cómo Colombia ha construido sus ciudades y cómo sus espacios urbanos siguen reinventándose. Según publica Mall & Retail
